ASIGNATURA DE 4º CURSO DE HUMANIDADES
UNIVESIDAD DE MAYORES REY JUAN CARLOS
PRESENTACIÓN
En este espacio iremos colocando los textos e imágenes que mejor reflejen la esencia de la Ilustración. Este primer acercamiento de Kant es una muestra de ello.
¿QUE
ES LA ILUSTRACION?
IMMANUEL
KANT
1784 (1)
La ilustración es la liberación del hombre de su
culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de
su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su
causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor par a
servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el
valor de servirte de tu propia razón! : he aquí el lema de la ilustración. La
pereza y la cobardía son causa de que una tan gran parte de los hombres
continúe a gusto en su estado de pupilo, a pesar de que hace tiempo la
Naturaleza los liberó de ajena tutela (naturaliter majorennes); también lo son
que se haga tan fácil para otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo no estar
emancipado! Tengo a mi disposición un libro que me presta su inteligencia, un
cura de almas que me ofrece su conciencia, un médico que me prescribe las
dietas, etc., etc., así que no necesito molestarme. Si puedo pagar no me hace
falta pensar: ya habrá otros que tomen a su cargo, en mi nombre, tan fastidiosa
tarea. Los tutores, que tan bondadosamente se han arrogado este oficio, cuidan
muy bien que la gran mayoría de los hombres (y no digamos que todo el sexo
bello) considere el paso de la emancipación, además de muy difícil, en extremo
peligroso. Después de entontecer sus animales domésticos y procurar
cuidadosamente que no se salgan del camino trillado donde los metieron, les
muestran los peligros que les amenazarían caso de aventurarse a salir de él.
Pero estos peligros no son tan graves pues, con unas cuantas caídas aprenderían
a caminar solitos; ahora que, lecciones de esa naturaleza, espantan y le curan
a cualquiera las ganas de nuevos ensayos. Es, pues, difícil para cada hombre en
particular lograr salir de esa incapacidad, convertida casi en segunda
naturaleza. Le ha cobrado afición y se siente realmente incapaz de servirse de
su propia razón, porque nunca se le permitió intentar la aventura. Principios y
fórmulas, instrumentos mecánicos de un uso o más bien abuso, racional de sus
dotes naturales, hacen veces de ligaduras que le sujetan a ese estado. Quien se
desprendiera de ellas apenas si se atrevería a dar un salto inseguro para
salvar una pequeña zanja, pues no está acostumbrado a los movimientos
desembarazados. Por esta razón, pocos son los que, con propio esfuerzo de su
espíritu, han logrado superar esa incapacidad y proseguir, sin embargo, con
paso firme. Pero ya es más fácil que el público se ilustre por sí mismo y
hasta, si se le deja en libertad, casi inevitable. Porque siempre se
encontrarán algunos que piensen por propia cuenta, hasta entre los establecidos
tutores del gran montón, quienes, después de haber arrojado de sí el yugo de la
tutela, difundirán el espíritu de una estimación racional del propio valer de
cada hombre y de su vocación a pensar por sí mismo. Pero aquí ocurre algo
particular: el público, que aquellos personajes uncieron con este yugo, les
unce a ellos mismos cuando son incitados al efecto por algunos de los tutores
incapaces por completo de toda ilustración; que así resulta de perjudicial
inculcar prejuicios, porque acaban vengándose en aquellos que fueron sus
sembradores o sus cultivadores. Por esta sola razón el público sólo poco a poco
llega a ilustrarse. Mediante una revolución acaso se logre derrocar el
despotismo personal y acabar con la opresión económica o política, pero nunca
se consigue la verdadera reforma de la manera de pensar; sino que, nuevos
prejuicios, en lugar de los antiguos, servirán de riendas para conducir al gran
tropel. Para esta ilustración no se requiere más que una cosa, libertad; y la
más inocente entre todas las que llevan ese nombre, a saber: libertad de hacer
uso público de su razón íntegramente Mas oigo exclamar por todas partes: ¡Nada de
razones! El oficial dice: ¡no razones, y haz la instrucción! El funcionario de
Hacienda: ¡nada de razonamientos!, ¡a pagar! El reverendo: ¡no razones y cree!
(sólo un señor en el mundo dice: razonad todo lo que queráis y sobre lo que
queráis pero ¡obedeced!) Aquí nos encontramos por doquier con una limitación de
la libertad. Pero ¿qué limitación es obstáculo a la ilustración? ¿Y cuál, por
el contrario, estímulo? Contesto: el uso público de su razón le debe estar
permitido a todo el mundo y esto es lo único que puede traer ilustración a los
hombres; su uso privado se podrá limitar a menudo estrictamente, sin que por
ello se retrase en gran medida la marcha de la ilustración. Entiendo por uso
público aquel que, en calidad de maestro, se puede hacer de la propia razón
ante el gran público del mundo de lectores. Por uso privado entiendo el que ese
mismo personaje puede hacer en su calidad de funcionario. Ahora bien; existen
muchas empresas de interés público en las que es necesario cierto automatismo,
por cuya virtud algunos miembros de la comunidad tienen que comportarse
pasivamente para, mediante una unanimidad artificial, poder ser dirigidos por
el Gobierno hacia los fines públicos o, por lo menos, impedidos en su
perturbación. En este caso no cabe razonar, sino que hay que obedecer. Pero en
la medida en que esta parte de la máquina se considera como miembro de un ser
común total y hasta de la sociedad cosmopolita de los hombres, por lo tanto, en
calidad de maestro que se dirige a un público por escrito haciendo uso de su
razón, puede razonar sin que por ello padezcan los negocios en los que le
corresponde, en parte, la consideración de miembro pasivo. Por eso, sería muy
perturbador que un oficial que recibe una orden de sus superiores se pusiera a
argumentar en el cuartel sobre la pertinencia o utilidad de la orden: tiene que
obedecer. Pero no se le puede prohibir con justicia que, en calidad de
entendido, haga observaciones sobre las fallas que descubre en el servicio
militar y las exponga al juicio de sus lectores. El ciudadano no se puede negar
a contribuir con los impuestos que le corresponden; y hasta una crítica
indiscreta de esos impuestos, cuando tiene que pagarlos, puede ser castigada
por escandalosa (pues podría provocar la resistencia general). Pero ese mismo
sujeto actúa sin perjuicio de su deber de ciudadano si, en calidad de experto,
expresa públicamente su pensamiento sobre la inadecuado o injusticia de las
gabelas. Del mismo modo, el clérigo esta obligado a enseñar la doctrina y a
predicar con arreglo al credo de la Iglesia a que sirve, pues fue aceptado con
esa condición. Pero como doctor tiene la plena libertad y hasta el deber de
comunicar al público sus ideas bien probadas e intencionadas acerca de las
deficiencias que encuentra en aquel credo, así como el de dar a conocer sus
propuestas de reforma de la religión y de la Iglesia. Nada hay en esto que
pueda pesar sobre su conciencia. Porque lo que enseña en función de su cargo,
en calidad de ministro de la Iglesia, lo presenta como algo a cuyo respecto no
goza de libertad para exponer lo que bien le parezca, pues ha sido colocado
para enseñar según las prescripciones y en el nombre de otro. Dirá: nuestra
Iglesia enseña esto o lo otro; estos son los argumentos de que se sirve.
Deduce, en la ocasión, todas las ventajas prácticas para su feligresía de
principios que, si bien él no suscribiría con entera convicción, puede
obligarse a predicar porque no es imposible del todo que contengan oculta la
verdad o que, en el peor de los casos, nada impliquen que contradiga a la
religión interior. Pues de creer que no es éste el caso, entonces sí que no
podría ejercer el cargo con arreglo a su conciencia; tendrá que renunciar. Por
lo tanto, el uso que de su razón hace un clérigo ante su feligresía, constituye
un uso privado; porque se trata siempre de un ejercicio doméstico, aunque la
audiencia sea muy grande; y, en este respecto, no es, como sacerdote, libre, ni
debe serlo, puesto que ministra un mandato ajeno. Pero en calidad de doctor que
se dirige por medio de sus escritos al público propiamente dicho, es decir, al
mundo, como clérigo, por consiguiente, que hace un uso público de su razón,
disfruta de una libertad ilimitada para servirse de su propia razón y hablar en
nombre propio. Porque pensar que los tutores espirituales del pueblo tengan que
ser, a su vez, pupilos, representa un absurdo que aboca en una eterización de
todos los absurdos. Pero ¿no es posible que una sociedad de clérigos, algo así
como una asociación eclesiástica o una muy reverenda classis (como se suele
denominar entre los holandeses) pueda comprometerse por juramento a guardar un
determinado credo para, de ese modo, asegurar una suprema tutela sobre cada uno
de sus miembros y, a través de ellos, sobre el pueblo, y para eternizarla, si se
quiere? Respondo: es completamente imposible. Un convenio semejante, que
significaría descartar para siempre toda ilustración ulterior del género
humano, es nulo e inexistente; y ya puede ser confirmado por la potestad
soberana, por el Congreso, o por las más solemnes capitulaciones de paz. Una
generación no puede obligarse y juramentarse a colocar a la siguiente en una
situación tal que le sea imposible ampliar sus conocimientos (presuntamente
circunstanciales), depurarlos del error y, en general, avanzar en el estado de
su ilustración. Constituiría esto un crimen contra la naturaleza humana, cuyo
destino primordial radica precisamente en este progreso. Por esta razón, la
posteridad tiene derecho a repudiar esa clase de acuerdos como celebrados de
manera abusiva y criminal. La piedra de toque de todo lo que puede decidirse
como ley para un pueblo, se halla en esta interrogación ¿es que un pueblo
hubiera podido imponerse a si mismo esta ley? Podría ser posible, en espera de
algo mejor, por un corto tiempo circunscrito, con el objeto de procurar un
cierto orden; pero dejando libertad a los ciudadanos, y especialmente a los
clérigos, de exponer públicamente, esto es, por escrito, sus observaciones
sobre las deficiencias que encuentran en dicha ordenación, manteniéndose
mientras tanto el orden establecido hasta que la comprensión de tales asuntos
se hay a difundido tanto y de tal manera que sea posible, mediante un acuerdo
logrado por votos (aunque no por unanimidad), elevar hasta el trono una
propuesta para proteger a aquellas comunidades que hubieran coincidido en la
necesidad, a tenor de su opinión más ilustrada, de una reforma religiosa, sin
impedir, claro está, a los que así lo quisieren, seguir con lo antiguo. Pero es
completamente ilícito ponerse de acuerdo ni tan siquiera por el plazo de una
generación, sobre una constitución religiosa inconmovible, que nadie podría
poner en tela de juicio públicamente, ya que con ello se destruiría todo un
período en la marcha de la humanidad hacia su mejoramiento, período que, de ese
modo, resultaría no sólo estéril sino nefasto para la posteridad. Puede un
hombre, por lo que incumbe a su propia persona, pero sólo por un cierto tiempo,
eludir la ilustración en aquellas materias a cuyo conocimiento está obligado;
pero la simple y pura renuncia, aunque sea por su propia persona, y no digamos
por la posteridad, significa tanto como violar y pisotear los sagrados derechos
del hombre. Y lo que ni un pueblo puede acordar por y para sí mismo, menos
podrá hacerlo un monarca en nombre de aquél, porque toda su autoridad
legisladora descansa precisamente en que asume la voluntad entera del pueblo en
la suya propia. Si no pretende otra cosa, sino que todo mejoramiento real o
presunto sea compatible con el orden ciudadano, no podrá menos de permitir a
sus súbditos que dispongan por sí mismos en aquello que crean necesario para la
salvación de sus almas; porque no es ésta cuestión que le importe, y sí la de
evitar que unos a otros se impidan con violencia buscar aquella salvación por
el libre uso de todas sus potencias. Y hará agravio a la majestad de su persona
si en ello se mezcla hasta el punto de someter a su inspección gubernamental
aquellos escritos en los que sus súbditos tratan de decantar sus creencias, ya
sea porque estime su propia opinión como la mejor, en cuyo caso se expone al
reproche: Caesar non est supra grammaticos, ya porque rebaje a tal grado su
poder soberano que ampare dentro de su Estado el despotismo espiritual de
algunos tiranos contra el resto de sus súbditos. Si ahora nos preguntamos: ¿es
que vivimos en una época ilustrada? la respuesta será: no, pero sí en una época
de ilustración. Falta todavía mucho para que, tal como están las cosas y
considerados los hombres en conjunto, se hallen en situación, ni tan siquiera en
disposición de servirse con seguridad y provecho de su propia razón en materia
de religión. Pero ahora es cuando se les ha abierto el campo para trabajar
libremente en este empeño, y percibimos inequívocas señales de que van
disminuyendo poco a poco los obstáculos a la ilustración general o superación,
por los hombres, de su merecida tutela. En este aspecto nuestra época es la
época de la Ilustración o la época de Federico. Un príncipe que no considera
indigno de sí declarar que reconoce como un deber no prescribir nada los
hombres en materia de religión y que desea abandonarlos a su libertad, que
rechaza, por consiguiente, hasta ese pretencioso sustantivo de tolerancia, es
un príncipe ilustrado y merece que el mundo y la posteridad, agradecidos, le
encomien como aquel que rompió el primero, por lo que toca al Gobierno, las
ligaduras de la tutela y dejó en libertad a cada uno para que se sirviera de su
propia razón en las cuestiones que atañen a su conciencia. Bajo él, clérigos
dignísimos, sin mengua de su deber ministerial, pueden, en su calidad de
doctores, someter libre y públicamente al examen del mundo aquellos juicios y
opiniones suyos que se desvíen, aquí o allá, del credo reconocido; y con mayor
razón los que no están limitados por ningún deber de oficio. Este espíritu de
libertad se expande también por fuera, aun en aquellos países donde tiene que
luchar con los obstáculos externos que le levanta un Gobierno que equivoca su
misión. Porque este único ejemplo nos aclara cómo en régimen de libertad nada
hay que temer por la tranquilidad pública y la unidad del ser común. Los
hombres poco a poco se van desbastando espontáneamente, siempre que no se trate
de mantenerlos, de manera artificial, en estado de rudeza. He tratado del punto
principal de la ilustración, a saber, la emancipación de los hombres de su
merecida tutela, en especial por lo que se refiere a cuestiones de religión;
pues en lo que atañe a las ciencias y las artes los que mandan ningún interés
tienen en ejercer tutela sobre sus súbditos y, por otra parte, hay que
considerar que esa tutela religiosa es, entre todas, la más funesta y
deshonrosa. Pero el criterio de un jefe de Estado que favorece esta libertad va
todavía más lejos y comprende que tampoco en lo que respecta a la legislación
hay peligro porque los súbitos hagan uso público de su razón, y expongan
libremente al mundo sus ideas sobre una mejor disposición de aquella, haciendo
una franca crítica de lo existente; también en esto disponemos de un brillante
ejemplo, pues ningún monarca se anticipó al que nosotros veneramos. Pero sólo
aquel que, esclarecido, no teme a las sombras, pero dispone de un numeroso y
disciplinado ejército para garantizar la tranquilidad pública, puede decir lo
que no osaría un Estado libre: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que
queráis pero obedeced! Y aquí tropezamos con un extraño e inesperado curso de
las cosas humanas; pues ocurre que, si contemplamos este curso con amplitud, lo
encontramos siempre lleno de paradojas. Un grado mayor de libertad ciudadana
parece que beneficia la libertad espiritual del pueblo pero le fija, al mismo
tiempo, límites infranqueables; mientras que un grado menor le procura el
ámbito necesario para que pueda desenvolverse con arreglo a todas sus
facultades. Porque ocurre que cuando la Naturaleza ha logrado desarrollar, bajo
esta dura cáscara, esa semilla que cuida con máxima ternura, a saber, la
inclinación y oficio del libre pensar del hombre, el hecho repercute poco a
poco en el sentir del pueblo (con lo cual éste se va haciendo cada vez más
capaz de la libertad de obrar) y hasta en los principios del Gobierno, que
encuentra ya compatible dar al hombre, que es algo más que una máquina, un
trato digno de él. (2)
(1) Kant, E. Filosofía de la Historia. Trad.
Eugenio Imaz, México, FCE, 1994.
(2) En el Noticiero semanal de Bürching del 13 de
Sept., leo hoy, 30, el anuncio de la Revista Mensual de Berlín de este mismo
mes, que publica la respuesta que a la cuestión tratada por mí ofrece el señor
Mendelssohn. No ha llegado todavía a mis manos; de lo contrario, hubiera
reservado esta respuesta mía, que ahora queda como una prueba de hasta qué
punto el azar puede traer consigo.

EL MURAL DEL PINTOR CARLOS SANTIESTEBAN
¿Qué es la Ilustración?
Es el movimiento filosófico, literario y científico que se desarrolló en Europa y sus colonias a lo largo del siglo XVIII ("de las Luces”). Representó una importante modernización cultural y el intento de transformar las caducas estructuras del Antiguo Régimen.
Editor: Pedro Taracena Gil
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